Personas trans y trabajo: la lucha por sobrevivir

¿Qué sucede antes de llegar al mercado laboral?

Resulta imposible analizar la situación laboral del colectivo trans sin antes conocer cuáles son nuestros recorridos de vida previos. Las trayectorias de las personas trans se encuentran marcadas a fuego (como pocas) por el peso del estigma. Habitar una identidad de género no esperada por la cultura patriarcal –que tiende a codificar todas nuestras acciones bajo la etiqueta binaria de “lo masculino” y “lo femenino”–, lleva a enfrentar la máxima violencia de un sistema social que intenta borrar cada intento por salirse de sus inflexibles normas.

Esa violencia se comienza a padecer a edades tempranas, una vez que los niños, niñas o adolescentes trans hacen visible su género identitario y, por regla general, sufren el rechazo en sus propios hogares. Así, desde el vamos, el espacio que debería funcionar como nodo de afecto, contención y apoyo para cualquier persona, se vuelve un ambiente hostil en el caso de la población trans. Este proceso culmina en la expulsión familiar a una edad promedio de 16 años, dando inicio a la vida en los márgenes de la sociedad: situación de calle y explotación sexual (al practicarse mucho antes de alcanzar la mayoría de edad).

Con esta primera condena se concatena otro factor: la temprana desafiliación del sistema educativo (que representa una nueva estructura de violencias e incomprensión: la falta de formación en género y diversidad sexual por parte de los equipos docentes y directivos, el acoso ejercido por pares, la exclusión en espacios de género binarios como baños, clases de educación física, uso de uniformes, entre otros). Esto lleva a que 6 de cada 10 personas trans no logre siquiera culminar el ciclo básico de secundaria.

El trabajo formal: un espacio vedado para la población trans

Si sumamos a los escasos niveles de formación alcanzados (fruto de la expulsión familiar y educativa) las propias barreras del mercado laboral, donde prácticamente no se contrata a personas trans (y en los contados casos que se hace, suelen producirse situaciones de discriminación en el espacio de trabajo que impiden sostener la permanencia) o se desarrollan trabajos informales y precarios (que impiden acceder a derechos laborales y a la red de protección social), entenderemos por qué es cuatro veces mayor la tasa de desempleo de las personas trans frente a la población en general (un 30% contra un 8%) o por qué el 74% de las mujeres trans ejerció el trabajo sexual en algún momento de su vida. También entenderemos por qué el ingreso promedio de la población trans en Uruguay es de $7.471 mensuales (habilitando únicamente la subsistencia de la persona), cifra que baja a tan sólo $4.775 para las personas trans mayores de 51 años.

Estos datos dan cuenta de una verdadera situación de emergencia social. Y es por ello que ya en mayo del año pasado el Gobierno nacional envió al Parlamento el proyecto de Ley Integral para Personas Trans, elaborado por colectivos sociales e instituciones del Estado, y que apunta, entre otras cuestiones, a lograr un impacto sustantivo en la inclusión dentro del mercado laboral formal (repitiendo experiencias exitosas de aplicación de cupos mínimos para garantizar el ingreso de personas trans a empleos y, a su vez, fomentar el desarrollo de nuevas capacidades a través de cursos de formación brindados por el Estado).

Sin pan (o sin trabajo) resulta imposible hablar de un país con igualdad, libertad, justicia social u oportunidades de desarrollo para todas las personas.

Por todo esto, desde el movimiento social exigimos la aprobación de la Ley Integral para Personas Trans.

No podemos seguir esperando. Nuestro derecho a ser es urgente.

Ahora es el Parlamento quien tiene la palabra. ¡Ley Trans ya!

Por N. Mauri de Ovejas Negras para El Abrojo

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