¿Qué significa Stonewall 50 años después?

Por Ovejas Negras

La activista Marsha Johnson, ícono de Stonewall, retratada un año después.
Crédito de la fotografía: DIANA DAVIES, THE NEW YORK PUBLIC LIBRARY

En la década de 1960, las redadas policiales en bares en los que se encontraban gay, lesbianas y personas trans eran habituales en Estados Unidos. 
El 28 de junio de 1969, durante la madrugada, la policía entró al pub neoyorquino Stonewall Inn, popular entre la comunidad LGBT de la ciudad, y se encontró con que cientos de personas que se encontraban dentro del local y fuera de él decidieron rechazar activamente la acción de la policía y hacerle frente. 
Comenzaron disturbios y manifestaciones que continuaron durante varios días en la ciudad y que se convirtieron en un ícono de la lucha por los derechos de la comunidad LGBT, tanto que un año después, el 28 de junio de 1970, se celebraría la primera marcha del orgullo gay.
¿Qué significa hoy para nosotras y nosotros Stonewall? 
Stonewall es el símbolo de una época en la que la gente se cansó de la vigilancia moral que el Estado quiso imponer continuando la tradición de la Iglesia Católica Apostólica Romana, que se cansó de un Estado que poco tenía de democrático cuando se trataba de la vida individual de las personas, de sus casas, de sus hijas e hijos, sus formas de amarse, de vincularse y de construir amor. 
En Stonewell, este Estado que durante varios siglos se había acostumbrado a imponer su voluntad sobre los deseos y las vidas de las personas a punta de pistola, de chantaje, de cárcel, de tortura, de psiquiátricos, comenzó a ser enfrentado.
Y no fue solo en Stonewall, sino en muchas partes del mundo y sobretodo en los países donde las movilizaciones sociales de izquierda se habían vuelto significativas. 
En esa época, comenzó a desarrollarse una resistencia feroz que sin lugar a dudas fundó una revolución. Se trata de una revolución para la cual todavía falta mucho por hacer, pero que de manera innegable ha logrado que avancemos y que retroceda el afán controlador y paternalista del Estado, o por lo menos su potencia, a lugares insospechados para quienes lo iniciaron. 
De aquella época de “no puedo morir por amar” y “no puedo padecer tortura y encierro o chantaje por amar, por ser quien soy, por mostrarme como soy, por habitar mi cuerpo” pasamos hoy a otro lugar muy diferente, por lo menos en la mayor parte del mundo occidental, y es por ahí por donde hay que seguir caminando esta revolución.
Por eso, siempre que venga la preocupación de cambiar el chip y pensar que al Estado podemos darle bastante poder y con eso nos cuidará porque nos quiere, hay que acordarse que así empezó la revuelta. 
El Estado no debe incidir sobre cómo amar, a quiénes amar. El Estado debe velar para que todas y todos, cada una y cada uno en su individualidad pueda habitar su cuerpo de forma cómoda, libre y segura. De definir el amor nos encargamos cada una y cada uno.

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